sábado, 18 de junio de 2011

Volviendo con las Madres

Hace ya un tiempo que no escribía en el blog. Una sucesión de razones llevaron a ello: una cuestión de salud, que demandó tiempo y energía; en simultáneo, sostener este emprendimiento de comenzar a estudiar una nueva carrera, y, siguiendo en la línea de las vicisitudes personales, la sensación de que, de escribir, lo haría repitiéndome a mí mismo. Y puedo afirmar que ésta última fue la señal de alarma más fuerte, el llamarse a silencio si se considera que por más que se escriba, no se dice nada. Porque, en todo caso, sería el egoísmo narcisista de llenar un vacío, de "estar", de no "desaparecer" (qué palabra surgió de golpe...).

Carajo, si algo existe en serio es el Inconsciente. Porque lo que me permite volver a escribir es justamente el sublevarse contra lo que están pasando estas pobres viejas, en el sentido más afectuoso con que se pueda decir: caranchos las sobrevuelan en espera de que se conviertan en cadáveres; otras alimañas también están al acecho. Esas que con falsos aires de respeto se preguntan si no es un error que construyan viviendas, e incluso instalen debates sobre ello, pero jamás le hayan preguntado al hijo de Franco por qué no hizo las que debía hacer.

Y uno, alimentado entre tantas cosas (entre ellas, primordialmente, el amor de los suyos) por palabras de los que cuando hablan, dicen, recuerda algunas de esas frases, poemas, canciones que lo han hecho ser lo que es: una de ellas, de un tal Hegel, dice más o menos "en cada cosa sabida aún se oculta algo digno de ser pensado" y se pregunta ¿Serán más libres hoy los caranchos ya mencionados de lo que fueron durante la dictadura ? Porque lo que fue en su momento la cadena de hierro de la prepotencia militar, se convirtió en la cadena de oro de la prepotencia del poder económico. No hay, pues, más allá de las formas, diferencia alguna.

Y esas viejas locas, en pasado y presente, voces que deben ser acalladas.

¿Cómo pedirles, sin sacrificar, obviamente, la obediencia debida, algún respeto por estas mujeres, cuando nunca pudieron entender aún elementalmente qué hacían (y aún hacen) todos los jueves en la Plaza? ¿Con qué cara pueden aparecer en sus programas juzgando si más allá de confianza hubo complicidad, cuando ocultan por encubrimiento el tráfico de hijos de desaparecidos del que sus patrones seguramente no han sido ajenos, así como de tomar por asalto una empresa con la connivencia de los genocidas, sean de uniforme como de traje ?

Quizá sea imposible no repetirse, pero probablemente haya aún en la repetición, una diferencia: la de descubrir que aún nos queda capacidad de indignación, a pesar del agua corrida bajo el puente.

En pocos años más, las Madres y las Abuelas dejarán atrás su encarnadura y serán sólo ejemplo y bandera. Con sus aciertos y errores, con sus diferentes estilos, ellas nos habrán legado una ética que no creo volvamos a encontrar. Cada cual sabrá dónde ubicarse: algunos, reconociéndose un poco como hijos de las Madres, otros, apenas como hijos de puta.