lunes, 6 de septiembre de 2010

En los Bordes del Futuro



Lo esencial del tiempo es su trascurrir, o mejor aún, nuestro trascurrir en él.

El tiempo oficia como privilegiado ordenador de las cosas: inicios, finales, son cortes simbólicos, producto de la humana necesidad de convertir los sucesos en historia, es decir, otorgarles una racionalidad, un sentido.

Todo corte es arbitrario, porque implica la detención en un punto de algo que, per se, es fluir constante. Arbitraria también será la mirada con la que se lo abordará: siempre se piensa “desde” un lugar, desde un cierto posicionamiento.

Así, despojados ya de la hipocresía de una supuesta objetividad, somos libres para analizar ciertas cuestiones que nos interesa anudar desde nuestra perspectiva subjetiva.

Una de ellas es el corte transversal que ha operado el kirchnerismo en la sociedad: la ha forzado a confrontar con los fantasmas de su pasado, ha vuelto a instalar la política como factor de transformación, y el debate ideológico como su motor.

Y quizá, cuando pasen los años y se vaya a escribir la historia de este momento, sea ésta su contribución de mayor trascendencia.

Porque, al cabo, bien podríamos pensar que la batalla que se está dando no involucra tan solo al presente, sino fundamentalmente al futuro.

Lo que se discute es, simplemente, el Poder: el poder de hoy, y el de orientar el futuro, el de prefigurar el trazado de las líneas en las que discurrirá mañana.


La estrategia conservadora rotula a esta disputa como algo perteneciente al orden del despojo: el “matrimonio presidencial”, suerte de asociación ilícita conyugal, que en su desmedida ambición, “vienen por todo”, por lo que “atropellan la libertad de prensa”, autoerigida argumentalmente como último bastión de las libertades republicanas. Para llevar a cabo esta depredación digna de langostas, el matrimonio no vacila en vincular a los dueños de los mayores diarios del país a los crímenes de la dictadura. La oposición política, siguiendo las mejores tradiciones republicanas se ha alineado con los medios en defensa de la libertad.


Este planteo, además de ofrecer una imagen de sí propia de la víctima, tiene las virtudes de la supresión y el enmascaramiento: se suprime la dimensión política de la disputa, y también el carácter de “negocio” empresario, el reconocimiento de que las noticias también son bienes de mercado. Si algo relativo al negocio queda en pie, será del lado de la asociación ilícita conyugal, mientras que la defensa de las libertades corre por cuenta de los medios y los sectores de la oposición alineados con ellos. Este último punto es capital para el enmascaramiento: la prensa, la “gran prensa” oficia de vidriera a los políticos que estén alineados con sus intereses; quienes respondan tienen asegurada la publicidad de sus actos, su instalación en la opinión pública por saturación de imágenes, complacencia en reportajes, sobredimensionamiento de su figura, etc.

Es decir, hay montado todo un aparato en el que los grandes grupos económicos, los verdaderos dueños del poder, promueven a determinados grupos políticos para que les sean funcionales, es decir, construyen poder en el presente para garantizarse mayor poder en futuro. Esta es la explicación por la cual, si bien las grandes empresas están teniendo las tasas de ganancia promedio más elevadas y un mercado interno cada vez mayor, no pierden oportunidad de oponerse y desgastar al gobierno, dado que éste ha mencionado su objetivo de llegar a un reparto de 50/50 de la distribución de la riqueza entre el capital y el trabajo, lo que en el futuro podría hacerles ganar menos dinero, a la par que los actuales gobernantes no parecen ser fácilmente manipulables, ergo, no son garantes de la rentabilidad máxima siempre por advenir. Se da la paradoja, entonces, que el kirchnerismo, que es gobierno, que es “el oficialismo”, es el arma que tiene el campo popular en su lucha contra el poder.


Decíamos que la gran contribución del kirchnerismo ha sido la de devolverle a la política su lugar rector de la vida pública; con ello ha sacudido el anestesiamiento de parte de la sociedad, ha permitido la emergencia de lecturas de la realidad diferenciadas de las que se fabrican a diario para modelar las corrientes de opinión. Y sobre todas las cosas, promovió que volvamos a pensar en otras opciones, en otros modos de concebir la sociedad, el país, la región.

No debiera de extrañarnos que haya sido en este momento en el que se planteara la cuestión de igualación de derechos matrimoniales, o el próximo debate sobre el aborto: hay una sociedad que comienza a romper con el rígido esquematismo de lo establecido, minorías que pugnan por hacer visibles sus necesidades.


Será esto lo que trascenderá, lo que persistirá en el tiempo, como una bandera a ser levantada en el futuro por otras manos, que tomarán la posta simbólica, porque estamos ante los bordes del futuro.


Por supuesto, no todos los segmentos sociales tienen la misma percepción: el daño al tejido social, económico, educativo y sanitario en nuestro país ha sido de una dimensión tal, que hay una gran cantidad de excluidos para quienes la urgencia del sustento diario es el horizonte más lejano que pueden divisar. La acción del Estado debe redoblar y concentrar su esfuerzo en incluir a estos hermanos en una sociedad más justa, con la oportunidad de una vida sin carencias materiales esenciales.

Otro sector, donde ubicamos a parte muy importante de nuestras clases media y alta, tampoco comparte la percepción: confían mucho más en el paradigma de “lo privado” que en el de lo público. Son básicamente conservadores, aunque tengan un semblante progresista; diciéndose cultores de la moderación, no dudan en pedir mano dura policial y vendetta institucionalizada; declarándose tolerantes, defenestran sin dudar cualquier protesta social que les implique un corte de calle ó la suspensión de un servicio. Mostrándose como justos, discriminan por el color de piel. Tienen una valoración de la libertad que es la propia de “quien paga”: puedo elegir, porque para eso pago. El caso Fibertel es un adecuado ejemplo donde la supuesta libertad de elección se torna como el valor supremo, por encima de la legalidad, mejor dicho, ilegalidad de la licencia…por no hablar de delitos mayores.

Claro está, nunca se plantean cuál es la libertad de quien no puede pagar.

Este último segmento está tan pendiente de no perder su status social, su posición en una sociedad a la que concibe como un agregado de individualidades, que no se divisa como posible que se integrara a un proyecto colectivo integrador y transformador, sino más bien a promover el mantenimiento del statu quo. Seguramente tendremos que seguir nuestro camino sin ellos, o más bien, a su pesar.


La política está justamente para esto: para ser una herramienta que permita alcanzar el bienestar común, por lo que requerirá de nuestra participación, para la construcción de un colectivo integrador y dignificante. Pero fuerzas poderosas se oponen: estigmatizados como pocos, los adolescentes, de acuerdo a su condición socioeconómica, serán catalogados como el negrito chorro, adicto al paco y asesino, o el blanquito consumidor compulsivo, al que hay que venderle celulares carísimos. La lógica de un mercado que selecciona a quienes excluir, apartar y a quienes captar para que consuma, los equipara convirtiéndolos en objetos y enmudeciéndolos. Pero siempre hay grietas…


El fenómeno ya está en marcha, con independencia de quienes sean sus próximos actores; la militancia, en todas sus formas, está resurgiendo por doquier; los estudiantes secundarios porteños son buen ejemplo: algunos son militantes de distintos partidos, otros no, pero se unen para defender sus derechos en el lugar que tienen en común: sus escuelas. Incluso entre ellos hay quienes no concuerdan con la metodología de la toma del edificio para reclamar, pero sin embargo, apoyan. Solidariamente, aunque no estén igualmente afectados, apoyan. Debiera promover la reflexión a algunos dirigentes que dicen estar en el campo popular, pero lo desmienten con los hechos.


Muy probablemente, nuestros pibes se estén convirtiendo en nuestros maestros.

Que así sea.

2 comentarios:

Eva Row dijo...

Sujeto,
creo que llegó la hora de hablar de las dos Argentinas, como Machado habló de las dos Españas. Esta es una verdad de siempre, pero ahora está en la superficie. Antes, la Argentina oligárquica procedía a acallar al oponente en las sombras, mientras de afuera no se veía.
Estamos contemplando una lucha desigual entre el poder económico que es privado y el poder político que es estatal. Se están midiendo las fuerzas y el gobierno resiste mientras el poder económico quiere socavarlo a toda costa. Tal vez esto sea lo más auspicioso, que el enfrentamiento no esté más oculto detrás de la hipocresía del discurso.
Pero esta vez se suman nuevos actores, y parece que tal vez las nuevas generaciones sean mejores que las anteriores. Han nacido en democracia, muchos nacieron a la vida cívica hace muy poco. No están contaminados. Tal vez a ellos les vaya mejor que a nosotros. Veo a los jóvenes y me lleno de esperanzas.

Sujeto de la Historia dijo...

Hola Eva
Para mí también ha sido una grata noticia ver a los pibes movilizándose por defender su espacio, que es la Escuela. Y creo les vale un reconocimiennto especial, porque el sistema se ha ensañado con ellos de una manera muy particular, muy "objetivante" : o como consumidores o como chorros a ser expulsados, encarcelados, muertos. Pero escucharlos, darle un lugar, no. Y es por esto (creo) que los pibes comienzan a levantar banderas: muchas, distintas, y a producir hechos políticos: si acertados, si equivocados, no importa, es lo de menos: echaron a andar...
Coincido con vos Eva, hay dos Argentinas. Creo que siempre las hubo, una lleva demasiado tiempo pisoteando a la otra, pero soplan vientos de cambio.
Te envío mis saludos con el afecto de siempre