sábado, 10 de marzo de 2012

De discursos, relatos y sueños

Nota publicada en El Diario de Gualeguay.

Quizá resulte extraño, pero es propio de la política, que el mismo hecho (en este caso el extenso discurso de Cristina Fernández) pueda tener tantas lecturas como lectores hay. No sé si todos los que lo mentan y comentan dedicaron las más de tres horas necesarias para escucharlo al completo, o si lo hicieron analítica y serenamente.

De los que le escuché me parece que fue el menos armónico. Con los docentes creo que se equivoca porque lo analiza con la mira corta (aún asistiéndole una parte de la razón y buena parte de las estadísticas), y además comete el error de centrarse en datos banales y erróneos (y esto es para mí una novedad). El resto entiendo que estuvo bien, discurso político al fin, subjetivo por definición, con altos y bajos, con carencias y excesos, informando al detalle la gestión con la usual abundancia de datos, con el acostumbrado esfuerzo por ser inteligible para el común de los mortales, al que quizá por extenso le faltó contundencia, aunque se deben destacar definiciones de política económica muy trascendentes (y positivas) para la vida cotidiana de la población. Desde mi modesto punto de vista el balance es positivo.

Las menciones, repercusiones, opiniones, críticas y exaltaciones de este discurso, me interpelan acerca de una cuestión sobre la que siempre me interrogo, y es de qué modo damos el debate. Y francamente creo que al final la clave de la cuestión está en la honestidad intelectual de cada uno, y cuánto respetamos ese atributo.
Mi personal conclusión es que es binario: o se debate desde la honestidad intelectual o no. Y con esa lógica binaria definida, entiendo que hay 3 posiciones posibles (desde mi modesto punto de vista): necesidad de encontrar aquello que invalide definitivamente al actual gobierno, o justificar cada acción u omisión del gobierno entendiendo que es incuestionable, ambas posiciones en el cero de la lógica binaria (sin honestidad intelectual, preguntándose con las respuestas predefinidas). Y en medio de estos, están los que hacen diferentes balances del actual gobierno, desde los que hacemos balances positivos a los que hacen balances negativos, que cuando nos preguntamos o debatimos no tenemos la respuesta ya preparada. Evidentemente todos partimos desde nuestra subjetividad, desde nuestro personal punto de vista, pero en esta franja, en mayor o en menor medida, estamos abiertos a un argumento sólido que nos modifique.

Naturalmente cuando el cuestionamiento simplifica, o es falaz, o insultante, nos encerramos aún más en nuestra subjetividad, pero en otro caso somos capaces de escuchar y debatir. Somos los que estamos en el uno de la lógica binaria. Que basamos nuestras elucubraciones y nuestras conclusiones en la aceptación previa de todo lo que no sabemos y no entendemos, y por lo tanto no sentenciamos, no hacemos declaraciones convencidos de que son absolutamente ciertas. Claro que cualquier debate con aquellos que están en el cero, es casi inevitable que devengan en discusión, así que es mejor evitarlos. Cierto que en las redes sociales es más sencillo que personalmente, allí uno puede (más bien debería decir que debe) serenarse y responder intentando evitar la discusión vacua, inconducente, pero ciertamente en persona todo es más caliente y complejo.

Posiblemente aquí entendamos la dimensión de lo que una vez dijo Fidel Castro: que la educación es la lucha contra el instinto, que todos los instintos conducen al egoísmo, y que solo la conciencia puede llevarnos a la justicia.

Y es que finalmente la política, la acción política, desde el discurso confrontativo a la gestión gubernamental, puede ser entendida como la oposición de relatos contrapuestos. Estos son construidos por todos los actores, no sólo los gobiernos o los políticos a los que les toca en suerte el papel de opositores, también los que participamos de un modo u otro de la vida política construimos relatos, incluso aquellos que sólo obtienen un par de votos. Claro que los medios de comunicación juegan un rol fundamental en esto, pero también la militancia de cada espacio cumplen con su papel en este escenario.

Estos relatos me parece que tienen vida, que nacen, crecen y mueren; entonces los podemos categorizar como infantiles, adolescentes, jóvenes, maduros, viejos y hasta seniles. Cada uno de nosotros hace sus propios balances y le atribuye a uno u otro la categoría que le parece más adecuada. A mí personalmente algunos me parecen congelados en el relato infantil, otros por pueriles se me antojan anclados en la adolescencia. Cierto que los jóvenes maduran y pueden volverse conservadores; entonces creo que es vital mantenerse alertas, con la mente fresca y el corazón intacto, para que el paso del tiempo no envejezca nuestros relatos.

Todos tenemos sueños, el mío es que la realidad no mate con creuldad nuestros relatos. Sucede que los relatos también pueden morir. Se entierran relatos que después renacen potentes, arrolladores. Pero los hay que mueren y se pudren olvidados. Otros son recordados con añoranza; entre estos, están algunos que nos parecen vivos pero son en verdad fantasmas parlantes. Pero hay relatos que no mueren jamás, porque reencarnan una y otra vez, generación tras generación. Son aquellos que tienen como paradigma, como consigna principal, hacernos sonreír; son esos sensatos relatos mediante los cuales intentamos empecinados la construcción de nuestra felicidad. Pero no desde la fantasía, esos son nuestros sueños infantiles. Son los que aún sabiéndose débiles, vulnerables, sueñan la felicidad obstinadamente.

A todos nos gusta soñar con los relatos de héroes grandiosos, de realizadores de leyendas y mitos, incluso los mal curados. Sin embargo, barrunto que heroicos son aquellos que se animan a soñar. Pero no los que tienen grandes sueños, irrealizables, imposibles, de esos que los mediocres se animan a soñar. Héroes son quienes sueñan con la felicidad. Soñar con esas pequeñas cosas que nos hacen sonreír, animarse a que sean en la realidad y no avergonzarse de los fracasos, eso sí que es heroico.
Claro, eso es hacer política, y la política, ya se sabe, tiene muy mala prensa.




Envejezco al margen de mi tiempo en el recuerdo de unos juegos florales porque no puedo comprender exactamente la historia.

(Me entregaré con cuerpo y alma hacia el interior de mis incertidumbres, y me reafirmaré en mis obstinados sueños...)